No hay vacantes!

De piedras, corajes y médicos cirujanos

Posted on: noviembre 11, 2008

Persona Conocida me lo dijo de sopetón y sin tiempo a prevenirme. “Ya tengo cita para mi operación, me van a quitar la piedra que tengo en la vesícula”

-Huy; eso significa que te vas a aventar 20 días en cama, como mínimo.

-No te creas, dice el “dotor” que con la operación que me van a hacer sólo estaré tres días en el hospital ¿Me ayudas con los trámites?

Quizá sea la genética pero en lo particular no he tenido que hacer uso de las salas de operación ni de las camas de recuperación post operatorias; sin embargo, la mayoría de mis conocidos sí que han tenido que padecer lo que es el estar internado a causa de alguna complicación derivada de la glotonería, la concupiscencia o el descuido.

La última vez que visité el Hospital General era cuando su reciente remodelación allá por los 50’s y lo que siempre me llamó la atención de ese gran complejo médico fue lo inmenso y moderno que los propios médicos y enfermeras decían que era. El milagro mexicano rendía sus frutos: este pobre y miserable país contaba ya con el primero de lo que serían una serie de hospitales a la vanguardia. Más tarde se construiría el Centro Médico Nacional siglo XXI y en el sur de la ciudad la llamada zona de hospitales. En sólo 40 años México se pondría a la delantera en Latinoamérica en cuanto a servicios de salud pública. Eran otros tiempos con menos gente aunque con la misma ineptitud para administrar los recursos.

El procedimiento señala que tras valorización por consulta externa se le proporciona, por parte del médico, el pase para operación al paciente; éste deberá cubrir entre otros requisitos, el de los donadores, los estudios médicos y el pago por concepto de la operación. $5,800 pesos fue lo que Persona Conocida pagó por una “Laparoscopía” modernísima operación en la que te hacen tres agujeros diminutos para maniobrar dentro de tu cuerpo y sacar lo que se tenga que sacar, coser lo que se tenga que coser y arreglar lo que se tenga que arreglar teniendo como principal virtud el que no te dejan un tajo de 20cms en la panza cuya principal secuela será una desquiciante postración de por lo menos 20 días en lo que los músculos se regeneran. Con relación al costo de la operación debo ser claro; es gracias a nuestro sistema de salud pública que el paciente, sobre todo de ingresos menores, no tiene que pagar más. Esta clase de operación en un centro de salud privado se triplica o cuadruplica y aunque los $5 mil pesos pudieran ser una cantidad alta únicamente cubre el costo del instrumental y los insumos. La estadía en el hospital, la cama, y demás necesidades son absorbidas por el Estado Mexicano.

El ingreso se programó y Persona Conocida nuevamente tuvo cama asignada. Digo “nuevamente” porque ya había sido admitida en una ocasión anterior y por causa de una alta presión no pudo ser intervenida quirúrgicamente. Ahora ya conoce los procedimientos y pasos a seguir amén que el control de su presión arterial mediante medicamentos de nombre muy raro por lo que esperamos que esta vez sí sirvan para algo. “Necesito este aparatito y estos medicamentos” Ve a la farmacia por ellos. Este es el problema de nuestro sistema de salud pública, los insumos no existen y los familiares deben conseguirlos por fuera. Ni modo, es parte de nuestra condición de pobreza y carencias, la cobija es muy pequeña y todos tienen frío.

Es ya la tarde del segundo día. Persona conocida fue ingresada a quirófano y lleva ya un buen rato dentro. A falta de otra cosa mejor que hacer, vuelvo a la relectura de Stanislaw Lem y su Congreso de Futorología. Allá afuera veo menudas siluetas que se mueven de un lado a otro. Son los gatos del hospital, los felinos que mantienen a raya a las ratas de cuatro patas que merced a los grandes espacios abiertos que existen en el complejo y de no existir estos guardianes, se apoderarían del espacio con los riesgos a la salud consecuentes. Sí, gatos, gatitos y gatotes; un sin fin de cazadores que durante la tarde y la noche se apoderan del lugar ahora que los visitantes ya no están para molestarlos. Con razón, algunos llaman al Hospital General el Hospital de los gatos.

-¿Cómo te sientes? Es la pregunta idiota ante lo evidente.

-Bien, me siento bien, ya pude caminar, ir al baño, bañarme y estoy haciendo los ejercicios de respiración. Tienes que salir pues el médico me va a revisar. Efectivamente, el Decano o el Cirujano en Jefe o Principal responsable pasa revista a sus enfermos. En la sala de recuperación 6 camillas con 6 pacientes esperan al Galeno; tras él unos 6 o 7 estudiantes siguen atentos a la explicación del Médico residente responsable de las salas. Éste, es un joven de unos 26 o 28 años y tiene la responsabilidad de dar cuenta detallada y puntual de la evolución de las personas que están en cama y las preguntas del Sinodal no son ni tibias ni relajadas pues cuestiona decisiones tomadas, medicamentos administrados o diagnósticos ofrecidos. Galeno es perverso y el joven residente sufre en cada visita y así será por lo menos un mes más hasta que él sea el nuevo Galeno del pabellón contiguo. La verdad, yo no tendría el aplomo de soportar un interrogatorio inquisitorial como el que presencié ese día; comparado con él mis auditorías son meras charlas sociales.

Tres días estuvo persona conocida en el Hospital General. Tres días fueron suficientes en este caso y no dejo de admirar el ingenio humano que hace posible todo esto. Hace poco tiempo, también acompañé a otro conocido para que le hicieran una operación en la rodilla cuyo referente más inmediato para mí es una convalecencia de dos meses con muletas y en el caso de este nuevo paciente de tan sólo 5 días. Mira lo que la tecnología, los avances y el desarrollo pueden hacer en beneficio del Hombre.

Sólo algo más a puntualizar porque es digno de ser tomado en cuenta. Efectivamente, la carencia de insumos, medicamentos y materiales necesarios para llevar a buen puerto una operación faltan. Efectivamente se observa el deterioro en una institución tan longeva como lo es el Hospital General de México. Efectivamente son muchos enfermos y pocos médicos. Pero también, efectivamente, esos médicos y enfermeras hacen su tarea con un amor y dignidad más allá de toda privación. Ese médico residente trató siempre a los pacientes como si fueran sus propios familiares. Las enfermeras igualmente prodigaban un cariño y un respeto que simplemente me sorprendió; en ese Hospital la carencia de lo material fue suplida por el coraje, determinación y carácter de las personas que son médicos y enfermeras y que saben lo que tienen entre manos, la salud y el bienestar de sus pacientes.

Algo que me llamó la atención fue la sintomatología común de todos los pacientes en esa y en las otras salas del Pabellón 404. Todos los enfermos estaban allí a causa de colecistitis aguda y por lo cual es necesario practicar una colescistectomía o en términos coloquiales, todos estaban allí porque tenían piedras en la vesícula y era necesario extirpársela.

-Ya ves, ¿Cómo si se puede uno morir de un coraje? Me decía persona conocida cuando ya estaba afuera del hospital en la espera del taxi.

-No. No es cierto. Te repito que nadie se muere de un coraje. Contra argumentaba a mi vez.

-Sí, si se muere uno. Porque cuando haces corajes se te forman las piedras y con las piedras te da el dolor y si no te curas la vesícula se te rompe y te da pancritis.

-Pancreatitis, querrás decir.

-Eso. Se te rompe la chingadera esa y entonces sí te vas a calacas. Así que no me hagas hacer corajes.

-Pero si tú ya no tienes vesícula.

-¡Por eso mismo! Ya no tengo bolsita que llenar de piedritas.

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