No hay vacantes!

De las cosas que hay que hacer antes de morir

Posted on: mayo 28, 2009

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La conseja popular expresa que por lo menos existen tres actividades imperativas a realizar en camino por la vida: Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Éstas en particular, las he cubierto todas y si bien el libro de marras nunca salió de imprenta no por eso se desluce el trabajo de los casi 20 años de mi vida que emplee para ello; lo mismo para el caso de la crianza de los vástagos que preservarán mi extirpe (Lo dudo pues cada uno es hijo y nieto del siglo que los vio nacer); árboles, he plantado varios y por eso digo que en este rubro mi cuenta está saldada. No. En este caso me refiero a otras actividades que la vida nos hace realizar y de las cuales, alguna de ellas nos termina por gustar como para volver a realizarla una y otra y otra y otra vez (*). En 1980 asistí al recién inaugurado “Reino Aventura”; en ese entonces, lo que más me impresionó fue el aguantar el vértigo causado con los juegos mecánicos llamados “El escorpión”, “Cíclope”, “La Canoa Krakatoa”, etc. Por esos tiempos yo ya era padre y casi abuelo y no obstante lo ridículo de mi aspecto nunca me arredré al momento de treparme, una vez más, a “La Catarina” o al “Pulpo”. El tiempo pasó y Cornelio el Dragón fue despedido para dar paso al Conejo Bugss, El Gato Silvestre y la parafernalia de súper héroes de la DC Cómics; el emporio de las seis banderas había llegado a México.

Con la nueva imagen del parque juegos se fueron y atracciones nuevas llegaron; por supuesto, la edad no me impidió el disfrutar de ellas y verme subido en el “Batman” o en el “Superman, el último escape” como un infante o jovenzuelo de la época. No obstante, el tiempo no pasa en balde y ha llegado la hora de poner freno a ese ímpetu desbocado e irracional que forma parte de las edades tempranas; me explico, no es lo mismo el sentir las “ñáñaras” del miedo a lo desconocido que el sentir la aprensión y el terror al infarto conocido. Aclaro: Éste viejo miocardio mío no me ha dado un susto de ese tipo, pero he visto a un sin número de conocidos y desconocidos caer fulminados por un ataque al corazón. No, ya no es lo mismo. El temor de ver cómo tus seres queridos se espantan porque “El viejo” está colgando los tenis. El miedo al dolor súbito en el brazo izquierdo que de manera rápida asciende por tu hombro y llega al pecho para no irse sino cuando tu conciencia se desvanece en la nada de tu muerte. El terror de no poder bajar (sobre tus propios pies, consciente y sin tambalearte) del juego en el que te trepaste una vez más. En otras palabras, me estoy volviendo anciano.

Así que el pasado domingo, por última vez, me he trepado a todos y cada uno de los juegos en donde podía hacerlo. Imagínate, hipotético lector, a un pergamino andante, decrépito, lleno de arrugas gritando y alzando las manos, riendo al lado de un mozalbete que, aterrado, también se sube al juego mecánico no tanto porque le tema a las vueltas y vueltas del ingenio en cuestión sino porque lleva la encomienda familiar de “cuidar al abuelo”; y yo me pregunto, divertido, qué me puede cuidar si en medio de la montaña rusa me da una embolia o un ataque cardiaco ¡Bonito asunto para él! ¡Imagínate, caro lector, que en medio de la enésima vuelta la palmo! Yo, con la cabeza dando tumbos merced a la fuerza centrífuga, con la quijada desencajada y los ojos abiertos o cerrados o yo qué sé pues es seguro que mi alma ya va rumbo a dónde tenga que ir mientras mi joven acompañante ya no sabe si gritar, alzar las manos o qué seña hacer para que paren el juego y las asistencias médicas me regresen a este plano existencial; y eso sin contar con las posteriores molestias para los demás usuarios que tuvieron la desgracia de subir al mismo tiempo que yo.

No, ya no es lo mismo y pronto ni siquiera podré aspirar a treparme a los carros chocones; el tiempo es inclemente y la vida cruel para quienes hemos forzado a nuestro organismo a dar lo mejor de sí durante toda la vida. No me quejo pues he realizado todo lo que quise o pude hacer mientras tuve la oportunidad. La ocurrencia del pasado domingo fue eso; una idea de un “viejo senil, chocho e imprudente” que, una vez más, ha decidido divertirse sin importar su imagen, apariencia, edad o el qué dirán. En fin, los juegos mecánicos están vedados para mi persona pero todavía tengo dientes fuertes y completos, estómago con vigor y apetito suficiente como para zamparme unas buenas carnitas al estilo Michoacán, unos tacos de suadero o alguna hamburguesa doble con bastante carne y aderezos como para que “la tripa” trabaje tiempo extra durante 48 horas.

(*) Es la frase favorita de mi hijo cuando no le gusta algo que se repite.

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  • Yamir De Jesús: Si fuera veras y bien documentado dicho libro y no mitos que muchos mexicanos se tragan te apoyaria
  • exram: Y es que desvian la critica al sistema que con tal de la ganancia no le preocupa el medio ambiente, al ser humano que no le preocupa el medio ambiente
  • eoz: Ya siento que te quiero!!
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