No hay vacantes!

La roca mortal

Posted on: junio 17, 2009

Fue demasiado tarde, sus reflejos y velocidad no bastaron para esquivar a la amenaza que, de improviso y de manera fulminantemente rápida, cayó sobre ellos. Ninguno sobrevivió.

En la colonia, se iniciaron las ceremonias de duelo por la pérdida de otros más de sus miembros. Supieron que algo malo les había pasado cuando transcurridas las horas no había señales de vida de los ausentes; Una vez más, fueron enviados equipos de búsqueda y rescate y, una vez más, regresaron con las manos vacías. “¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! ¿Qué hemos hecho para merecer esto?”, se preguntaba I’bik, la infortunada viuda de uno de aquellos que salieran el día anterior para ya no volver jamás. U’Pahack, el viejo sacerdote y el más anciano de la colonia, sólo acertaba a reconfortar a la pobre desdichada que a ratos parecía perder la cordura.

Una nueva reunión del consejo de ancianos se celebró a la noche siguiente después de la tragedia. U’Pahack, el viejo sacerdote así inició:

-Estamos todavía de luto por la pérdida de nuestros hermanos, pero también y reconozcámoslo, estamos aterrados. No sabemos, todavía, qué es lo que pasa pero siempre, perdemos a nuestros miembros recolectores. Si sólo fuera en un sitio localizado no habría problema pero no es así; es casi imposible determinar la zona de peligro para evitarla o rodearla y siempre el resultado es el mismo: toda una cuadrilla de recolectores simplemente desaparece sin dejar rastro.

-Además, la amenaza no está focalizada en un punto; es como si estuviésemos rodeados de una maldad asesina y caprichosa que no sigue un patrón lógico o fechas establecidas, sentenciaba, a su vez, Ger’hetto.

-¡Tenemos qué hacer algo!

Pero no se hizo nada, pues ninguno sabía ni siquiera contra qué se enfrentaban.

Pasaron los días y la rutina volvió a su ritmo habitual, grupos de cazadores-recolectores iban y regresaban con víveres y poco a poco un insistente rumor fue ganando presencia en la atribulada colonia.

-¡Yo lo ví! ¡Ví cómo se movía! ¡Las rocas se movían solas! Este nuevo suceso incrementó todavía más la incertidumbre y el miedo.

-¡Yo no voy allá! Dicen que las rocas se mueven solas. No quiero morir aplastado por una de ellas.

-Pero allá es donde hay más comida.

-¡No le hace! ¡Que manden a otro! Yo no voy.

Los ancianos organizaron grupos armados para verificar el suceso y nuevamente no encontraron nada.

-Recorrimos toda la zona. Inclusive ordené que varios de los voluntarios treparan a todas las rocas, casi se desató un motín pero no hubo nada. Todas las rocas estaban inmóviles.

Así transcurrieron los días hasta que, por enésima vez, otro grupo de recolectores desapareció. A la histeria colectiva le siguió la inconformidad y el deseo de vengar la muerte de los camaradas; los signos de malestar social dieron paso a los episodios de violencia social. La situación era francamente desesperada. Las revueltas fueron controladas con violencia extrema y se estuvo muy cerca de la desintegración de la colonia pues ya nadie quiso salir a recolectar la comida, así que a la violencia se agregó el hambre.

Ke’erell montaba guardia, estaba temblando y cada rato echaba miradas en todos lados, tratando de detectar cualquier cosa que pudiera convertirse en un peligro para él y sus compañeros, pero sobre todo, no dejaba de observar a las rocas. Más allá, a lo lejos, unos seis recolectores ya casi habían terminado su tarea y las viandas estaban convenientemente atadas y dispuestas para el traslado. Entre todos los recolectores y los soldados que, junto con Ke’erell estaban allí para hacer frente a cualquier peligro, fueron desplazando los grandes paquetes de comida; todos colaboraban febrilmente pues ya no querían estar un momento más en ese lugar. Fue cuando todo el grupo llegó donde estaba Ke’erell que se desató el infierno.

-¡Allí, miren!

-Es cierto, ¡ES CIERTO! ¡Las rocas se mueven!

-¡Vienen por nosotros!

-¡Tiene ojos!

-¡Corran, CORRAN!

A pesar que la adrenalina generada por el miedo fluía por sus cuerpos, poco pudieron hacer para enfrentarse a aquella monstruosidad que se les venía encima. Rápidamente fueron engullidos tanto recolectores, como soldados y comida. Todo fue “devorado por esa gigantesca roca con ojos” según la propia expresión de Ke’erell que en estado de shock había conseguido llegar a la colonia aunque para lograrlo tuvo que sacrificar sus piernas.

.

.

.

Ximena, gritando, corrió hacia mí con una alegría desbordante, llevaba abrazando un objeto cubierto con un paño de regular tamaño que por la forma en como lo sostenía, no dejaba identificar su contenido.

-Abuelo, ¡Abuelo! ¡Mira lo que encontré!

-¿Qué cosa?

-Mírala, es Tita, mi tortuguita.

-Tortugón, querrás decir. Fue mi expresión de asombro cuando por fin pude observar de cerca a aquél quelonio. ¡Está grandísima! ¿Dónde la encontraste?

-Allá, en las piedras; estaba comiendo insectos, escondida.

Hacía más de 10 años que “Tita” llegó a los brazos de Ximena, de entonces 8 años de edad. Ese día estaba contenta porque por fin tenía una tortuga para poder mostrarla a sus amiguitos de infancia. Poco le había durado su felicidad pues “Tita”, en un descuido de los adultos, se perdió en la casa que todavía estaba en construcción y por ende, en medio de piedras volcánicas, cimbras de madera, jardines a medio terminar, arena y grava acomodadas en un ordenado desorden, fue prácticamente imposible encontrar a la nueva mascota de mi nieta.

-¿Qué vas a hacer con ella? Pregunté

-¡Cuidarla, ahora sí; y no prestársela a ninguno de ustedes porque la volverían a perder!

Fue la respuesta.

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  • Ninguna
  • Yamir De Jesús: Si fuera veras y bien documentado dicho libro y no mitos que muchos mexicanos se tragan te apoyaria
  • exram: Y es que desvian la critica al sistema que con tal de la ganancia no le preocupa el medio ambiente, al ser humano que no le preocupa el medio ambiente
  • eoz: Ya siento que te quiero!!
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