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Voto

Una vez más, desde que puedo hacerlo, he hecho efectivo mi derecho a votar; como muestra de que no miento, la imagen precedente. Porque yo sí creo que la forma de destituir y cambiar gobiernos que no nos gustan o que son ineficientes es por medio del voto. Dentro de las instituciones, con las herramientas propias y los mecanismos pertinentes que todos como sociedad hemos acordado para dirimir nuestras diferencias y opiniones, pues no es ni con revoluciones ni con fascismos disfrazados de popular desobediencia como hemos de salir adelante.

¿Por qué voté? Varias son las razones.

Primera. El voto es el arma más poderosa que tenemos los ciudadanos para calificar a nuestros gobernantes. Si se usa con sabiduría puede cambiar el rumbo de un país.

Segunda. El sufragio es una de las conquistas sociales más preciadas que podemos tener, tanto como la ciudadanía, la bandera o el propio himno. El voto es la prueba máxima de que en verdad eres un ciudadano del mundo, ése universo de gente que se dice demócrata, esto es, que como poder popular puede determinar su propio destino sin destruirse a sí mismos en el proceso.

Tercera. Porque como conquista que es, fue necesario que muchos de nuestros ciudadanos y no ciudadanos sufrieran de persecuciones, detenciones, golpizas, maltratos, torturas y hasta muerte para que hoy podamos, en la intimidad de un recinto cerrado, decidir si tachamos tal o cual partido, si los tachamos todos, si no tachamos nada o si de plano nos vale gorro y no nos presentamos a la casilla. Ese es el gran poder ciudadano que muchos de aquellos luchadores sociales de entonces buscaban hacer efectivo. Ya casi no recordamos al partido de estado o al partido aplanadora o al régimen de gobierno de un solo candidato ¿Verdad, caro lector, que ya se te olvidó la revolución institucional?

¿Por quién voté?

¡Oh no! Hipotético lector. No te diré en este espacio por quién lo hice. Ése forma parte, también de mi derecho; es un secreto que, ni al confesor de sotana o al goriloide vestido de boina y botas, revelaré. Baste decir, que ahora tengo, una vez más, todos los elementos cívicos para exigir cuentas, demandar transparencia y obligar a mis gobernantes a hacer bien las cosas o de lo contrario, simplemente puedo votar por alguien más, de otro partido u otra corriente pues ese es el verdadero poder del voto. Uno es insignificante, muchos son la diferencia.

Por último, me he referido a aquellos mártires de la democracia, muchos de los cuales no tienen nombre ni apellido pero que conocí y que fueron compañeros míos de aventuras y desventuras, de prisión y encierro. Por respeto a todos ellos es que tengo la obligación moral de ejercer ese derecho que muchos ya no porque están desaparecidos o muertos y vaya si sabré yo de ésas cosas. En su memoria demuestro públicamente que sí voté.

Un señor ilustre y banquero  destacado miembro del sector social más poderoso criminal y sínico de la historia de la humanidad es decir  del capital financiero dejo escapar las palabras como escupiéndolas: el problema de la economía mexicana se llama sub comandante Marcos” la sentencia de muerte está dictada  los dineros empiezan a buscar el precio de la bala que  elimine ese problema.  A  la misma hora en que el señor banquero pronuncia el dictamen Antonio hijo tirita bajo la lluvia y el frio bajo las montañas del sureste mexicano tiembla Antonio hijo pero no de miedo tiembla porque no hay fuego esa noche para espantar el frio, para tapar el agua, para alumbrar la noche. Marcos se acerca a Antonio hijo y se sienta junto a el -hace frio- dice,  Antonio hijo asiente en silencio bajo el plástico negro que hace otro techo nocturno bajo el techo de lluvia y frio están los dos hombres que son el mismo no hay fuego es cierto pero ya está el viejo Antonio acercándose con otro calor en las manos la palabra.

El viejo Antonio pone la palabra en el suelo en medio de los tres  y empieza  a hablar empieza a dar calor y consuelo con palabras que abrazan como amigas, como compañeras la tibieza llega al pecho y a los ojos Antonio hijo y Marcos dormitan bajo la noche y el frio del diciembre chiapaneco.  El viejo Antonio habla para guiar  y velar su sueño lleva su voz de la mano  a Antonio hijo y a marcos a un tiempo anterior vuela la historia para atrás hasta llegar diez años atrás para llegar antes de este frio este dormitar regresa el tiempo hasta llegar a la historia de las palabras

Los agarró la noche platicando. “Mi focador no tiene pilas” dice, desesperanzado, Antonio hijo. “Yo lo olvidé en la mochila” dice Marcos mirando el reloj. El viejo Antonio sale y regresa con hojas de watapil. Sin decir una palabra empieza a construir una champita. Antonio hijo y Marcos ayudan. Con bejuco y palos con punta en horqueta toma forma, poco a poco, un cobertizo. Después a buscar leña. Tiene rato que la lluvia y la noche se hermanan. De entre las manos expertas del viejo Antonio surge, al fin, una llamita que se convierte en hoguera. Marcos y Antonio hijo se acomodan como pueden, recostados junto a la hoguera. En cuclillas, el viejo Antonio habla y arrulla la noche y el sueño con esta historia, con esta herencia…
“La lengua verdadera se nació junto con los dioses primeros, los que hicieron el mundo. De la primera palabra, del fuego primero, otras palabras verdaderas se fueron formando y de ellas se fueron desgranando, como el maíz en las manos del campesino, otras palabras. Tres fueron las palabras primeras, tres mil veces tres se nacieron otras tres, y de ellas otras y así se llenó el mundo de palabras. Una gran piedra fue caminada por todos los pasos de los dioses primeros, los que nacieron el mundo. Con tanta caminadera encima, la piedra bien lisita que se quedó, como un espejo. Contra ese espejo aventaron los dioses primeros las primeras tres palabras. El espejo no regresaba las mismas palabras que recibía, sino que devolvía otras tres veces tres palabras diferentes. Un rato pasaron así los dioses aventando las palabras al espejo para que salieran más, hasta que se aburrieron. Entonces tuvieron un gran pensamiento en su cabeza y se dieron en su caminadera sobre otra gran piedra y otro gran espejo se pulieron y lo pusieron frente al primer espejo y aventaron las primeras tres palabras al primer espejo y ése regresó tres veces tres palabras diferentes que se aventaron, con la pura fuerza que traían, contra el segundo espejo y éste regresó, al primer espejo, tres veces tres el número de palabras que recibió y así se fueron aventando más y más palabras diferentes que se aventaron, con la pura fuerza que traían contra el segundo espejo y éste regresó, al primer espejo, tres veces tres el número de palabras que recibió y así se fueron aventando más y más palabras diferentes los dos espejos. Así nació la lengua verdadera. De los espejos nació.
Las tres primeras de todas las palabras y de todas las lenguas son democracia, libertad, justicia.
“Justicia” no es dar castigo, es reponerle a cada cual lo que merece y cada cual merece lo que el espejo le devuelve: él mismo. El que dio muerte, miseria, explotación, altivez, soberbia, tiene como merecimiento un buen tanto de pena y tristeza para su caminar. El que dio trabajo, vida, lucha, el que fue hermano, tiene como merecimiento una lucecita que le alumbre siempre el rostro, el pecho y el andar.
“Libertad” no es que cada uno haga lo que quiere, es poder escoger cualquier camino que te guste para encontrar el espejo, para caminar la palabra verdadera. Pero cualquier camino que no te haga perder el espejo. Que no te lleve a traicionarte a tí mismo, a los tuyos, a los otros.
“Democracia” es que los pensamientos lleguen a un buen acuerdo. No que todos piensen igual, sino que todos los pensamientos o la mayoría de los pensamientos busquen y lleguen a un acuerdo común, que sea bueno para la mayoría sin eliminar a los que son los menos. Que la palabra de mando obedezca la palabra de la mayoría, que el bastón de mando tenga palabra colectiva y no una sola voluntad. Que el espejo refleje todo, caminantes y camino, y sea, así, motivo de pensamiento para dentro de uno mismo y para afuera del mundo.
De estas tres palabras vienen todas las palabras, a estas tres se encadenan las vidas y muertes de los hombres y mujeres verdaderos. Esa es la herencia que dieron los dioses primeros, los que nacieron el mundo, a los hombres y mujeres verdaderos. Más que herencia es una carga pesada, una carga que hay quienes abandonan en mitad del camino y la dejan botada nada más, como si cualquier cosa. Los que abandonan esta herencia rompen su espejo y caminan ciegos por siempre, sin saber nunca más lo que son, de dónde vienen y a dónde van. Pero hay quienes la llevan siempre la herencia de las tres palabras primeras, caminan siempre como encorvados por el peso de la espalda, como cuando el maíz, el café o la leña ponen la mirada en el suelo. Pequeños siempre por tanta carga viendo siempre para abajo por tanto peso, los hombres y mujeres verdaderos son grandes y miran para arriba. Con dignidad miran y caminan los hombres y mujeres verdaderos, dicen.
Pero, para que la lengua verdadera no se perdiera, los dioses primeros, los que hicieron el mundo, dijeron que había que cuidar las tres primeras palabras. Los espejos de la lengua podían romperse algún día y entonces las palabras que parieron se romperían igual que los espejos y quedaría el mundo sin palabras que hablar o callar. Así, antes de morirse para vivir, los dioses primeros entregaron esas tres primeras palabras a los hombres y mujeres de maíz para que las cuidaran. Desde entonces, los hombres y mujeres verdaderos custodian como herencia esas tres palabras. Para que no se olviden nunca, las caminan, las luchan, las viven…”
Cuando se despertaron, el viejo Antonio aliñaba un tepescuintle. En la fogata la leña ardía y se secaba al mismo tiempo, mojada antes por la lluvia y el sudor de la espalda del viejo Antonio. Amanecía y, al levantarse, Antonio hijo y Marcos sintieron que algo les pesaba sobre los hombros. Desde entonces buscan cómo aliviar esa carga… Todavía lo hacen…

Antonio hijo se despierta y despereza. Sacude a Marcos que, sentado al pie de un ocote, se durmió con la pipa entre los labios. Los helicópteros y el ladrido de los perros de caza espantan la mañana y el sueño. Hay que seguir caminando… Hay que seguir soñando…

El cuento del viejo Antonio, la historia de las palabras

diciembre de 1994 leido en marzo del año 2004 10 años despues



  • Ninguna
  • Yamir De Jesús: Si fuera veras y bien documentado dicho libro y no mitos que muchos mexicanos se tragan te apoyaria
  • exram: Y es que desvian la critica al sistema que con tal de la ganancia no le preocupa el medio ambiente, al ser humano que no le preocupa el medio ambiente
  • eoz: Ya siento que te quiero!!